Por encima de la política – Los católicos ante los temas cruciales de nuestro tiempo

(L’Osservatore Romano – febrero 2017). La posición mantenida por el Papa Francisco, desde los primeros meses de su pontificado, respecto a los grandes temas como el aborto, el matrimonio homosexual, la eutanasia, ha sido firme y coherente con la moral católica, pero atenta a no vincularla a elecciones partidistas. De esta manera ha intentado arrancar a los católicos del abrazo interesado de las derechas. Sin desviarse de los principios de la moral católica, efectivamente ha querido huir de la politización que estas cuestiones han asumido en la vida de muchos países democráticos, para no encontrarse prisionero de lo que se estaba convirtiendo, a todos los efectos, en un aplanamiento de la Iglesia sobre posiciones estrictamente políticas. Ha sido una operación no fácil, que le ha costado muchas críticas, pero de la cual ahora se recogen los frutos.

La posición de la Iglesia sobre dos temas cruciales de nuestro tiempo, los migrantes y la vida, es clara y autónoma respecto a la política, tanto que puede moverse libremente sin temor de venir inmediatamente aplastada por el peso de una aparente coincidencia. Se trata de un difícil equilibrio, que va reajustado de forma puntual: es más fácil encerrarse en posiciones preconcebidas y aparentemente claras. Una actitud en parte nueva, que no se puede confundir con el relativismo, porque se basa en la conciencia profunda de que cada vez es necesario elegir, y que para hacerlo es fundamental moverse a un nivel más alto del de la polémica política.

Por lo demás la Iglesia sabe desde hace tiempo qué significa distanciarse de quienes solo exteriormente son compañeros de batalla: Napoleón, que había hecho mucho más severa la legislación contra el aborto, ciertamente no lo hizo movido por motivos morales, sino para garantizar soldados a su ejército, fruto de la constricción obligatoria. Y de la misma manera se comportaron los gobiernos europeos después de la primera guerra mundial, que había determinado una hecatombe de jóvenes hombres. En ambas situaciones la Iglesia supo distanciarse de las contingencias políticas, gracias precisamente a la altura moral con la cual afrontaba el problema. Pero sobre todo gracias al hecho de que la misericordia, el perdón, forman parte de la tradición católica tanto como la condena del pecado. Precisamente este particular punto de vista permite a la Iglesia salir de esquemáticas ecuaciones en las cuales se ha encontrado atrapada de vez en cuando.

Cuando ha sido olvidada esta específica condición que es precisamente la que diferencia la posición católica de cualquier parte política, la Iglesia o grupos individuales de católicos han corrido el riesgo de ser usados, manipulados, tergiversados. Pagando muy cara la inmersión en el juego político, del cual al final nunca no han sacado nada a largo plazo. Pero siempre hay quien intenta, tanto por un lado como por el otro, llevarse a la Iglesia a su terreno. Y es sólo elevando el punto de vista con el cual se interpreta el mundo que nos rodea, volviendo al espíritu evangélico sin miedo de parecer ingenuos que se puede encontrar la posición justa y libre con la cual mirar al presente.

El Papa Francisco lo está haciendo, con la fatiga que supone este desvincularse de miles de lazos de miles de condicionamientos, internos y externos. Los fieles deberían ayudarle, haciendo un esfuerzo más para entender qué ocurre, sin dejarse condicionar por las voces que parecen saber cuál es la vía justa sólo porque parece la más fácil.