El Papa y las ideologías

(Religión en Libertad – marzo de 2017) .

Nota de Juan Manuel de Prada

I

En la excelente entrevista que recientemente me hicieron Ricardo Benjumea y Maica Rivera para el semanario Alfa y Omega se tocaban tangencialmente cuestiones medulares que me gustaría desarrollar. Es evidente que, sobre todo a lo largo del último medio siglo, los católicos hemos sufrido una serie de infiltraciones ideológicas que han terminado convirtiéndonos en la «sal sosa» a la que se refiere el Evangelio; pues, al fin y a la postre, lo que todas las ideologías –que no son sino sucedáneos religiosos– pretenden vanamente es construir un orden temporal prescindiendo de Dios, único fundamento en que puede sostenerse. A veces, este penoso proceso degenerativo fue involuntariamente alentado incluso por los Papas, que en su encomiable esfuerzo por combatir primero el liberalismo y después el comunismo bendijeron bodrios como la llamada «democracia cristiana», agentes provocadores de la decadencia católica.

Así, poco a poco, se fue produciendo –como en su día denunciase Charles Péguy– la conversión de la mística en política, que deseca la fe y convierte a los católicos en fariseos; o, como decía Bloy más brutalmente, en «cerdos burgueses». Este fariseísmo católico ha cerdeado, según las circunstancias, con las diversas ideologías en liza; aunque resulta evidente que durante las últimas décadas ha cerdeado sobre todo con las ideologías derechosas, que con el caramelito del mal menor han engatusado a los católicos de todos los modos posibles: dando el abrazo del oso a los Papas (recordemos el sórdido empeño de presentar a Juan Pablo II en comandita con Reagan y Thatcher), convirtiendo sus medios de comunicación (concebidos para propagar la fe) en descarados altavoces de propaganda partidista, parasitando y a la postre inutilizando heroicas iniciativas católicas como la defensa de la vida y la familia, etcétera. Y todo, al fin, para convertir a los católicos en «conservaduros» que, por temor a que los rojos les birlen los ahorros o les «okupen» el piso, van tragando carros y carretas, hasta que sus tragaderas se convierten en autopista expedita por la que pueden circular todas las fechorías políticas, todas las ingenierías sociales, todas las aberraciones morales consolidadas por los partidos conservadores (que, a la postre, son exactamente las mismas que impulsan los partidos progresistas).

Y en estas aparece Bergoglio. Hace unos días publicaba Lucetta Scaraffia un interesante artículo en L’Osservatore Romano en el que encomiaba el esfuerzo de Francisco por «arrancar a los católicos del abrazo interesado de la derecha» y evitar el «alineamiento de la Iglesia con posiciones estrictamente políticas»; y todo ello con el fin de permitirle esquivar «esquemáticas ecuaciones, en las cuales a veces se ha visto aprisionada». Scaraffia afirmaba que, al alinearnos con la derecha, los católicos hemos sido «utilizados, manipulados y tergiversados», pagando un «costoso precio por la inmersión en el juego político». Y señalaba que Francisco está tratando de «elevar el punto de vista» católico, apartándose de la rebatiña política, «con el desgaste que implica desembarazarse de mil trampas y mil condicionamientos, internos y externos». El artículo terminaba con un apóstrofe: «Los fieles deberíamos ayudarlo, haciendo un esfuerzo adicional por comprender lo que sucede, sin dejarnos influir por las voces que parecen saber cuál es el camino correcto, sólo porque es el camino más fácil». Y, tras la lectura del artículo de Scaraffia, surge imperiosa la pregunta: ¿se ocultan, tras las críticas a Francisco, los turbios intereses ideológicos de quienes, desde sectores derechistas, quisieran dar el abrazo del oso a la Iglesia?

II

Naturalmente, es legítimo criticar al Papa (a este Papa o a cualquier otro); y para el católico puede ser incluso una obligación moral. Chesterton nos decía que, el entrar en la Iglesia, debemos quitarnos el sombrero, pero nunca la cabeza; y aunque nuestro oficialismo católico sea tan sombrerista (quiero decir, zalamero de mitras y solideos) como descabezado, un católico consciente no puede incurrir en el eunuquismo papólatra. Pero una crítica auténticamente católica ha de ser una crítica valerosa, que no se conforme con poner tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias, como hace el católico ideologizado. Así, por ejemplo, es legítimo criticar a un Papa por efectuar una recepción acrítica del legado luterano; pero es desleal ocultar que esa misma recepción la han hecho Papas anteriores, en una perfecta (permítasenos el empleo jocoso de la expresión) “hermenéutica de la continuidad”. Incluso la candente cuestión de la comunión de los divorciados, que un documento sinodal reciente parece admitir brumosamente en especiales circunstancias, no se puede abordar sin señalar la desacralización paulatina del sacramento de la Eucaristía perpetrada durante décadas, sin referirse a esas colas multitudinarias de comulgantes que contrastan de modo estremecedor con los confesionarios vacíos. Y toda esa gente que comulga a la ligera no lo hace por culpa de Francisco. Todos hemos visto comulgar de manos de obispos, en misas de mucho ringorrango, a políticos que financian abortos y a magnates que oprimen a los pobres (¡gentes, en fin, de conciencia mucho más sucia que un pobre divorciado!); y antes y después de comulgar siguieron perpetrando sus fechorías sin inmutarse. Si estas comuniones no provocaban durante papados anteriores ningún escándalo, hemos de concluir que en el escándalo que ahora se suscita hay algo más que celo por los sacramentos. Y ese “algo” más es la levadura infernal de la ideología.

Una crítica auténticamente católica se hace con el sombrero entre las manos y la cabeza sobre los hombros; y se enfrenta sin miedo a las causas profundas, no a consecuencias concretas y tal vez veniales. Y, enfrentándose a las causas profundas, tendrá también que criticar papados anteriores, concilios eclesiásticos, corrientes teológicas, filosóficas y pastorales que no ha inventado Francisco. Y cuando falte esa crítica abarcadora, cuando a Francisco se le critique sin considerar las causas profundas, hemos de concluir que nos hallamos ante una crítica ideológica, travestida de catolicismo pompier, que se sirve de estas cuestiones sensibles para deslizar su mercancía averiada. Porque la finalidad de esta crítica ideológica, más allá del aspaviento pompier, es descalificar pronunciamientos plenamente católicos del Papa, haciendo creer a los católicos desprevenidos que son pronunciamientos izquierdistas. Al Papa se le denigra desde el mundo neocón por denunciar la “dictadura económica mundial” (o sea, el “imperialismo internacional del dinero” denunciado por Pío XI). Al Papa se le denigra desde la derecha identitaria por denunciar “los muros que encierran a unos y destierran a otros” (o sea, por vindicar lo que Pío XII, más explícitamente, designó “el derecho a emigrar y ser acogidos”). Al Papa se le denigra desde ámbitos neoliberales por fustigar la “economía del descarte” propia de las formas depravadas del capitalismo (o sea, esos “fenómenos de alienación humana” propiciados por “una ideología radical de tipo capitalista” que también fustigase Juan Pablo II).  Son críticas que encubren turbias razones ideológicas; y muchos católicos desprevenidos están cayendo en sus redes.

III

Resulta, en verdad, chocante (amén de irrisorio) que desde sectores de la derecha pagana, siempre hospitalaria con cualquier venenosa morralla que desvirtúe el catolicismo, se profieran de repente vituperios limítrofes con el sedevacantismo. A veces, los vituperios a Francisco se envuelven –para disimular– en un envoltorio católico falsorro. Otras veces son más burdos y no se recatan de escarnecer a Francisco incluso cuando más católico se muestra, o sobre todo entonces: así ocurrió, por ejemplo, cuando Francisco afirmó que «las empresas no deben existir para ganar dinero», sino «para servir», en plena sintonía con el magisterio de la Iglesia. Pero que gentes rapaces que guían su vida por el afán de lucro denigren desde sus cucañas mediáticas al Papa no debe extrañarnos; más penoso es que los católicos compremos esta mercancía averiada.

Hace poco se publicaba en el diario Clarín de Buenos Aires un artículo firmado por el historiador Loris Zanatta. En él se ponía a Francisco a caer de un burro por ciertas afirmaciones contenidas en su reciente entrevista con El País; para lo cual el autor no vacilaba en recortar las frases del Papa, para hacerlo afirmar que «el liberalismo económico es un sistema que mata de hambre». Cuando lo que Francisco hacía en aquella entrevista era condenar todo sistema «en cuyo centro está el dios dinero» (o sea, lo que siempre han condenado todos los Papas, recordando el Evangelio); para subrayar a continuación que Latinoamérica está sufriendo el embate de un liberalismo económico «fuerte» (o sea, la forma perversa de capitalismo que señalase Juan Pablo II) que a muchos mata de hambre. En otro lugar del artículo, Zanatta denigra al Papa por definir al gobernante cipayo como «aquel que vende su patria a la potencia extranjera que le pueda dar más beneficio». Pero Francisco no hace aquí sino repetir la doctrina católica sobre el poder político, que siempre consideró que la misión del gobernante no es otra sino combatir como un león las injerencias extranjeras y los intereses del Dinero (por lo general confluyentes), en defensa del bien común. No sin perspicacia, Zanatta señalaba que Francisco, «más que un Papa revolucionario, como dicen que es, me parece un coherente heredero del tradicional antiliberalismo hispano». Siempre el impío tiene una teología más penetrante que el meapilas.

Todos estos ataques se dirigen contra el Papa, como advertía Lucetta Scaraffia, porque se esfuerza en esquivar «el abrazo interesado de la derecha». Pero los «abrazos interesados» no sólo vienen de la derecha. Cuando Hillary Clinton cita elogiosamente al Papa en un mitin de campaña también lo está abrazando interesadamente; cuando Pablo Iglesias afirma que «ambos reman en la misma dirección», hace lo propio. Porque Clinton e Iglesias comparten con la derecha pagana que presenta al Papa como un peligroso comunista el propósito de infectar ideológicamente el catolicismo. Los fieles debemos, en efecto, apoyar al Papa en su esfuerzo por evitar el abrazo interesado de la derecha; pero también debemos recordarle (en un esfuerzo de fidelidad mucho más ingrato) que, a veces, por escapar de la fea, cae el doncel en las garras de la suripanta. A veces por esquivar el abrazo interesado de la derecha puede uno exagerar el gesto y caer en el abrazo no menos interesado del mundialismo progresista y de sus corifeos mediáticos, prestos a disolver la fe católica en una moralina huera y sincrética. Ayudando al Papa a escapar del abrazo de la derecha puede que haya, junto a los fieles que señala Scaraffia, algún oportunista con ganas de medrar; ayudándolo a escapar de ambos abrazos sólo los fieles más sacrificados.