Parolin: el Occidente y Rusia deben dialogar y comprenderse

(Vatican Insider – julio 2017).-

La paz y la búsqueda de soluciones a las crisis actuales «deberían estar por encima de cualquier interés particular». Lo afirmó el cardenal Pietro Parolin, Secretario de Estado, en una entrevista con la revista «Il Regno», anticipada el pasado jueves 27 de julio por el periódico italiano «Il Sole 24Ore». El «Primer ministro» vaticano, que en 2015 visitó Bielorrusia, el año pasado Ucrania y que viajará en agosto a Moscú, está confirmando la atención de la Santa Sede por el este de Europa. Una atención presente desde los primeros pasos del Pontificado del Papa Francisco, quien siempre ha involucrado a Vladimir Putin en sus intentos para solucionar con negociaciones las crisis.

«No solo porque está en la frontera de Europa el Oriente europeo es importante —dijo Parolin—, sino también por su papel histórico en el ámbito de la civilización, de la cultura y de la fe cristiana. Hay quienes destacan que cuando san Juan Pablo II imaginaba una Europa del Atlántico a los Urales no pensaba en un “expansionismo occidental”, sino en un grupo más unido de todo el continente».

Con respecto a la vuelta al escenario internacional de Rusia, desde Ucrania hasta Siria, el Secretario de Estado afirmó: «Hoy en día se subrayan a menudo las diferencias entre los diferentes países occidentales y Rusia, como si fueran dos mundos diferentes, cada uno con los propios valores, los propios intereses, un orgullo nacional o transnacional e incluso con una concepción del derecho internacional que debe oponerse a los demás. En un contexto semejante, el desafío es el de contribuir a una mejor comprensión recíproca entre los que corren el riesgo de presentarse como dos polos opuestos. El esfuerzo de comprenderse recíprocamente no significa ser condescendientes ante la posición de uno o del otro, sino más bien un paciente, constructivo, franco y, al mismo tiempo, respetuoso diálogo. Y este es mucho más importante sobre las cuestiones que están en el origen de los conflictos actuales y sobre las que pueden provocar un ulterior aumento de las tensiones. En este sentido, la cuestión de la paz y de la búsqueda de soluciones a las diferentes crisis actuales debería estar por encima de cualquier interés nacional o, como sea, parcial. Aquí no puede haber ni vencedores ni vencidos. Ceder a los propios intereses particulares, que es una de las características en esta era de la vuelta de los nacionalismos, no permite ver que, en sí misma, no evitaría la posibilidad de una catástrofe. Estoy convencido de que forma parte de la misión de la Santa Sede insistir en este aspecto».

Con respecto a la nueva administración estadounidense guiada por Donald Trump, Parolin invitó a no apresurar los juicios. «Se necesita tiempo para juzgar. No hay que tener prisa. Una nueva administración, tan diferente y particular, y no solo por motivos políticos, de las anteriores, necesitará tiempo para encontrar el propio equilibrio. Cualquier juicio ahora es apresurado, aunque a veces puede sorprender la exhibición de la incertidumbre. Nosotros esperamos que los Estados Unidos (y los demás actores de la escena internacional) no olviden su responsabilidad internacional frente a diferentes temas, sobre los cuales, hasta el momento, ha sido ejercida. Pensemos, en particular, en los desafíos del clima: reducir el calentamiento global del planeta significa salvar la casa común en la que vivimos y reducir inmediatamente las desigualdades y la pobreza que el calentamiento del planeta sigue produciendo. Pensemos también en los conflictos actuales».

Sobre la eficacia de la acción diplomática de la Santa Sede, Parolin dijo: «La diplomacia de la Iglesia católica es una diplomacia de paz. No tiene intereses de poder: ni político, ni económico, ni ideológico. Por ello puede presentar con mayor libertad a unos las razones de los demás, y denunciar ante cada uno los peligros que una visión auto referencial puede implicar para todos. La visita a Bielorrusia fue en el tiempo de las sanciones occidentales, y la visita ucraniana en medio de la guerra. Esa visita fue la ocasión para llevar a toda la población involucrada en el conflicto la solidaridad de la Iglesia y del Papa. Y para que esto fuera visible para todos nos acercamos al Donbas, lleno de prófugos, usando el instrumento de la solidaridad con las víctimas de la violencia, sin preguntarles su identidad política o geográfica. El Papa Francisco abrió el camino con la promoción de una gran colecta de ayudas de las Iglesias europeas y con una sustanciosa contribución personal. Si se defiende la dignidad humana de todos y cada uno, y no contra alguno, entonces es posible otro camino. La Santa Sede no busca nada para sí. El suyo es un intento humanamente difícil, pero evangélicamente imprescindible, para que muchos cercanos vuelvan a dialogar y dejen de dejarse aplastar por el odio antes de que lo hagan las bombas».

El cardenal también respondió a algunas preguntas sobre Helmut Kohl, el ex canciller alemán que acaba de fallecer, y aprovechó la ocasión para hablar sobre Europa: «Kohl tuvo el mérito histórico de creer en el ideal europeo como un ideal político concreto. La caída del Muro de Berlín y la reunificación alemana nunca fueron para él una cuestión interna de Alemania y de su trágica historia, sino el signo del desarrollo de Europa dentro de la cual un gran país como Alemania podía operar legítima y proficuamente. No una Europa alemanizada, sino una Alemania europeizada. Kohl entendió que también la integración europea había sido, en cierta medida, hija de la política de los bloques Este y Oeste. Y, superados esos bloques, Europa debía existir como sujeto político, no solo económico. En la actualidad se tiene a menudo la impresión de que también la vuelta a la idea de Europa que parece recobrarse, después de una larga fase de reacción anti-europea de la opinión pública y la victoria en diferentes naciones de líderes europeístas, se detiene demasiado pronto, se piensa que tiene un impulso demasiado breve, instrumental más que ideal. El peligro es que se detenga todo al uso de Europa en clave nacional. Es como si muchos dijeran: después del ejemplo de la Brexit es mejor quedarse en la casa común europea, pero tal vez cada uno por su cuenta.

El nacionalismo (incluso ese que vuelve como los que surgen) tiene sus raíces en la crisis cultural y religiosa de Europa y acaba vaciando a Europa de sus valores y de sus razones. Europa tiene una responsabilidad insustituible. Y cuando se muestra indiferente, como en el caso de la inmigración, renuncia al bien posible».

Al concluir, Parolin también habló sobre el Extremo Oriente y sobre los diálogos que ha emprendido la Iglesia católica, en particular con China: «El extremo oriente es una región del mundo bastante vasta, completa y diversificada. Desde hace ya muchos siglos, esa amplia parte de la humanidad entró en contacto con el cristianismo y, como consecuencia, con la Iglesia católica, gracias a las vías y a formas peculiares de país a país. Los antiguos contactos culturales y religiosos con el mundo asiático ofrecen también en la actualidad importantes puntos de partida para el encuentro entre las culturas. Claro, con respecto al pasado ahora hay desafíos nuevos, que esperan respuestas inéditas y creativas, pero en el fondo, la finalidad de la Iglesia es la misma de siempre, y es de naturaleza pastoral: llevar a Dios a los hombres y a los hombres a Dios. En concreto, la Iglesia católica pide que se le garantice el derecho de profesar libremente la propia fe en beneficio de todos y para la armonía de la sociedad. Los católicos desean vivir serenamente su fe en los respectivos países como buenos ciudadanos, comprometiéndose en el desarrollo de la comunidad nacional. En este marco, creo que hay que apreciar también el camino de diálogo que se ha emprendido desde hace tiempo con algunos gobiernos de algunos países de la región, como con la República Popular China. El diálogo ya es en sí mismo un hecho positivo, que abre al encuentro y que hace que crezca la confianza. Lo afrontamos con espíritu de sano realismo, teniendo bien presente que el destino de la humanidad, antes que nada, está en manos de Dios».